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Protocolo estandarizado de evaluación nutricional

La evaluación del estado nutricional es una actividad inherente al profesional de la nutrición (nutricionista o nutriólogo dependiendo de la denominación del país). Su ejecución prolija y bien estructurada brinda información vital de cara a la implementación de estrategias de cuidado o tratamiento nutricional según se trate de un sujeto aparentemente sano o enfermo, respectivamente. Sin embargo y a pesar de su importancia todavía falta mucho trabajo de por medio para poder afirmar que todos los profesionales de la nutrición emplean los mismos procedimientos básicos. 

 

Según el Consenso 3: Procedimientos Clínicos para la Evaluación Nutricional
(1) del Comité Internacional para la Elaboración de Consensos y Estandarización en Nutriología (CIENUT), la evaluación nutricional consta de 9 pasos (los 6 primeros de cumplimiento obligatorio en cualquier situación clínica) citados a continuación:

 

  • Paso 1. Evaluación de signos clínicos de deficiencias y excesos nutricionales
  • Paso 2. Evaluación de la interacción entre nutrientes y fármaco
  • Paso 3. Evaluación de la ingesta alimentaria y de los factores que pueden afectarla
  • Paso 4. Evaluación de la actividad física
  • Paso 5. Evaluación del crecimiento y/o la composición corporal
  • Paso 6. Evaluación de la bioquímica nutricional
  • Paso 7. Evaluación de la reserva visceral
  • Paso 8. Evaluación del componente inmunológico
  • Paso 9. Evaluación del componente catabólico

 

Ahora bien, ¿qué debería motivarnos a estandarizar nuestra práctica? Aquí algunas razones. 

 

El estado nutricional de una persona es el resultado del equilibrio que debe existir entre cientos de factores; es prácticamente imposible construir una conclusión sobre el mismo contando solamente con la información que proporciona el IMC, algún otro índice antropométrico o la historia de consumo alimentario. Se ha demostrado, por ejemplo, que una persona con índices antropométricos en valores normales e incluso con una dieta relativamente adecuada puede presentar deficiencias nutricionales de micronutrientes ocasionadas por interacciones con medicamentos y/o suplementos nutricionales. 

 

En el pasado, la falta de consenso sobre cuáles son los elementos a tomar en cuenta como parte de la evaluación nutricional de una persona ha motivado que cada nutricionista/nutriólogo emplee uno u otro parámetro en función de su nivel de conocimiento, experiencia previa o recursos económicos; este evento ha hecho que no podamos pelear gremialmente por tiempo mínimo de atención por paciente (la propuesta es de 45 minutos), por equipamiento básico mínimo o estandarizar desde la academia las competencias profesionales básicas. Felizmente, cada vez son más los colegas que abiertamente sostienen que el índice de masa corporal (IMC) es solo una herramienta de tamizaje y que sus resultados no representan nada más que la relación entre el peso y la talla; hace solo 5 años, era algo inconcebible para muchos. No obstante, dejemos el IMC en su lugar porque sigue siendo útil para diversos procesos.

 

En términos muy básicos, el estado nutricional puede ser definido como el balance que existe entre la energía y nutrientes (proteínas, lípidos, carbohidratos, vitaminas y minerales) que una persona consume y gasta diariamente. Los 9 pasos permiten recolectar información directa e indirecta de prácticamente todos estos elementos sin dejar escapar ninguno; por ejemplo, permite determinar el balance de energía, cuando averiguamos el consumo y lo comparamos con la ingesta; permite calcular el balance de proteína cuando contrastamos la reserva proteica corporal (empleando impedancia) o visceral (empleando albúminemia) con la ingesta; permite identificar si un medicamento está generando deficiencias nutricionales cuando evaluamos signos clínicos, entre otros. Manteniendo el mismo esquema, el procedimiento de los 9 pasos se puede aplicar a cualquier individuo aparentemente sano o enfermo, bajo cualquier situación clínica simple o compleja. Además, de la manera en que ha sido diseñada la metodología, le permitirá al nutricionista/nutriólogo integrar toda la información obtenida. 

 

El procedimiento de los 9 pasos te permite saber cuándo iniciar el tratamiento, cómo hacerlo, con qué iniciarlo, cómo monitorizar la progresión y cuándo decir que, nutricionalmente, el paciente está de alta. Cada uno de los pasos, brinda información que permite dar respuesta oportuna a cada una de las preguntas planteadas. El paso 6: bioquímica nutricional nos dará el fundamento objetivo para saber cuándo iniciar el tratamiento nutricional, así como, también regular el aporte de los nutrientes que administraremos, incluso la forma estructural que deberán tener. Por ejemplo, valores altos de urea y creatinina podrían conducir a una restricción de proteína, valores bajos de creatinina, incremento de la proteína, niveles altos de bilirrubina directa restricción de grasa, niveles reducidos de HDL incremento de la proporción de grasa poliinsaturada, niveles altos de glicemia, implican reducción del aporte de glucosa o la inclusión de maltodextrina, y así sucesivamente. Los cambios en estos valores también nos permitirán decidir cómo hacer las progresiones. El resto de los pasos, nos señalan uno por uno cuáles serán los objetivos que deberemos alcanzar para decir que el paciente se encuentra nutricionalmente recuperado. Por ejemplo, si se detectan signos clínicos de deficiencias, deberán ser corregidas; si se detecta que la forma de consumir un fármaco está generando deficiencia de un nutriente habrá que aplicar las estrategias necesarias para palear esa situación; si la dieta es inadecuada, deberá ser corregida; si el paciente, no tiene actividad física, se deberá buscar que la incremente; si el crecimiento y/o la composición corporal fueran inadecuados, se deberá buscar que el crecimiento no se detenga y que la composición corporal se ajuste a valores normales, entre otras cosas. La corrección de todos estos elementos determina el alta nutricional del paciente.

 

La primera vez que escribí sobre este tema, llevaba dos años enseñando en la universidad; la respuesta de los colegas no fue siquiera entusiasta. Unos años después, cuando escribí mi primer libro: Fundamentos de la Nutrioterapia Moderna en el año 2007 y dediqué prácticamente medio libro a sostener y argumentar la necesidad implementar un protocolo estandarizado de evaluación nutricional que fuera más allá de aplicar una que otra medida antropométrica o centrarse en los resultados del IMC, la propuesta tampoco atrajo la atención. Unos años después firmamos un convenio de cooperación interinstitucional con el Hospital Daniel A. Carrión del Callao y gracias a ello pudimos conducir el internado clínico y validar la factibilidad de implementar estas estrategias durante 7 largos años. Ahora es empleado por cientos y cientos de colegas, ex internos y demás profesionales peruanos formados en el Instituto IIDENUT y lo emplean con éxito. Desde hace unos años, la tarea es continental. 

 

Si quieres saber más sobre nutrición clínica, te invito a estudiar con nosotros. Más información en el siguiente link: 
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Robinson Cruz

Director Instituto IIDENUT

Presidente del Comité Internacional (CIENUT)

Nutricionista Clínico

Especialista en Bioquímica Nutricional

Referencias bibliográficas

  1. Comité Internacional para la Elaboración de Consensos y Estandarización en Nutriología (CIENUT). Consenso 3: Procedimiento clínicos para la evaluación nutricional. Lima: Fondo editorial IIDENUT. 2019.

 

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

En IIDENUT rechazamos rotundamente aquellas prácticas asociadas con el uso inapropiado de la información con fines comerciales. Nuestros estándares éticos nos impiden aceptar, difundir o parcializarnos subjetivamente con producto o práctica alguna que vaya en contra o distorsione la labor científica del nutricionista.

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¿Deben los trabajadores con obesidad regresar a trabajar en medio de la pandemia por COVID-19?

El 07 de mayo, el Ministerio (Secretaria) de Salud del Perú (MINSA) publicó la RM-265-2020-MINSA que modifica el documento técnico “Lineamientos para la vigilancia de la salud de los trabajadores con riesgo de exposición a COVID-19”. Para quienes no están familiarizados con el léxico estatal peruano, una RM es una resolución ministerial, una ley que debe cumplirse obligatoriamente (aquí el primer problema). Entre sus muchos incisos, el 7.3.4 CONSIDERACIONES PARA EL REGRESO O REINCORPORACIÓN AL TRABAJO DE TRABAJADORES CON FACTORES DE RIESGO PARA COVID-19, llamó particularmente mi atención. En él, se enumeran los factores de riesgo que impedirían el retorno al trabajo de miles de peruanos. Los factores considerados incluyen: edad mayor de 60 años, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes mellitus, asma, enfermedad pulmonar crónica, enfermedad renal crónica, enfermedad o tratamiento inmunosupresor y obesidad con Índice de Masa Corporal (IMC) mayor a 40 (aquí el segundo problema) (1). Según el mismo MINSA, los criterios de clasificación de los problemas de exceso de peso para los peruanos se agrupan en 4 categorías: sobrepeso (IMC ≥25.0-29.0), obesidad I (IMC ≥30.0-34.9), obesidad II (IMC ≥35.0-39.9), obesidad III (IMC ≥40.0) (2). Ahora bien, ¿qué significan estos números cuando son llevados a kilogramos? En la tabla 1, se pueden observar los resultados de una simulación simple que ha sido elaborada utilizando los datos de un hombre y una mujer promedio según las referencias del MINSA; conclusión: es probable que todos vuelvan a trabajar con las nefastas implicancias que aquello tiene para todos. Veamos que dice la evidencia sobre la materia.

 

Tabla 1. Simulación de peso según categoría de IMC para un hombre y una mujer promedio

 

Categoría de IMC Valor IMC Peso (en kg) correspondiente según talla
Hombre, 1.70 m Mujer, 1.55 m
Sobrepeso 25.0 72.0 kg 60.0 kg
Obesidad I 30.0 86.0 kg 72.0 kg
Obesidad II 35.0 101.0 kg 84.0 kg
Obesidad III 40.0 115.0 kg 96.0 kg

 

En un estudio retrospectivo, llevado a cabo en un hospital francés (3) se analizó la relación entre el IMC y la necesidad de ventilación mecánica invasiva (VMI) en 124 pacientes afectados por el COVID-19; los resultados mostraron que el 47.6% de los pacientes con obesidad (IMC >30) y el 28.2% con obesidad severa (IMC > 35) necesitaron VMI y no solo eso, aquellos con IMC > 35 desarrollaron cuadros más severos. Otro estudio llevado a cabo en 24 pacientes provenientes de 9 hospitales del área de Seattle en Estados Unidos (4) mostró que el 85% de los pacientes con obesidad (IMC = 33 ± 7) requirieron VMI y 62% de esos pacientes murieron, comparado con los pacientes delgados, en quienes el 64% requirió VMI y solo 36% falleció. Información proveniente de una base que incluyó los datos de 265 pacientes ingresados a las unidades de cuidados intensivos de diversos hospitales norteamericanos encontró que la obesidad más que la edad era un factor determinante para el internamiento; la media de IMC de estos pacientes fue de 29.3 y solo el 25% presentó un IMC > 34 (5).

 

Es probable que la obesidad no haya sido considerada como un factor importante en las primeras comunicaciones que nos llegaban desde China; de hecho, su 6.2% de obesidad es prácticamente inexistente cuando se compara con el 20% de Italia, el 24% de España o el 42% de los Estados Unidos (5). Sin embargo, la obesidad y sobre todo la abdominal es una condición clínica que está asociada con una ventilación mecánica disminuida a nivel de la base de los pulmones con la consiguiente reducción en la saturación de oxígeno de la sangre (6). El paciente con obesidad presenta un estado crónico de inflamación caracterizado por una producción reducida de interferón (necesario para estimular la respuesta inicial del cuerpo frente al virus); una producción continua de citoquinas entre las que podemos citar el factor de necrosis tumoral que estimula la pérdida de proteína muscular y una mayor liberación de grasa visceral hacia el torrente sanguíneo contribuyendo a generar un hígado graso inflamatorio; una alta producción de radicales libres (evento que ha sido descrito como parte de la respuesta fallida del sistema inmune a nivel pulmonar); resistencia a la insulina que se exacerba producto de la inflamación a consecuencia de la infección [Nota. Se ha visto que los pacientes con hígado graso inflamatorio y obesidad tienen mayor riesgo de presentar una infección mucho más severa por COVID-19 que aquellos que no presentan esta condición (7)].

 

La información epidemiológica de los pacientes peruanos afectados por COVID-19 presenta los mismos factores de riesgo que se describen en la literatura global: en todos los casos descritos, los valores de IMC entre 30 y 35 son considerados de alto riesgo de mortalidad.

 

En este contexto, cabe preguntarse ¿sobre qué base científica se ha tomado como referencia un IMC ≥ 40? Las autoridades del MINSA deberían considerar la información que ellos mismos han difundido, donde consideran que el riesgo relativo de muerte es 8.8 veces mayor en las personas con obesidad (figura 1). Avalar como factor de riesgo un IMC ≥ 40 es un desacierto absoluto que puede poner en riesgo la vida de miles de ciudadanos del país y como es probable que los gobiernos de Latinoamérica pretendan implementar criterios similares es necesario que todos los profesionales de nutrición tengamos una participación más directa en este tipo de decisiones.

 

[Nota importante. La presente argumentación ha girado en torno al IMC. No soy partidario del uso del IMC como instrumento de tamizaje por su baja sensibilidad, lo óptimo sería emplear una impedancia, multifrecuencia, multipolar, con frecuencias adecuadas y con mediciones en decúbito; sin embargo, el IMC es lo más fácil].

 

 

Figura 1. Factores de riesgo de mortalidad por COVID-19, Perú 2020

 

 

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Robinson Cruz

Director Instituto IIDENUT

Presidente del Comité Interancional (CIENUT)

Nutricionista Clínico

Especialista en Bioquímica Nutricional

 

 

Referencias bibliográficas

  1. Ministerio de Salud del Perú. Resolución Ministerial N° 265-2020-MINSA. Modificatoria del documento técnico: “Lineamientos para la vigilancia de salud de los trabajadores con riesgo de exposición a COVIDD-19”. 7 de mayo de 2020.
  2. Contreras M. DEPRYDAN/CENAN. Valoración nutricional según IMC adultos. 3ra Edición: Instituto Nacional de Salud. 2012.
  3. Simonnet A, Chetboun M, Poissy J, Raverdy V, Noulette J, Duhamel A, Labreuche J, et al. Obesity is an independent risk factor for severe Covid-19. Obesity (Silver Spring). 2020 Apr 9. doi: 10.1002/oby.22831. Online ahead of print.
  4. Bhatraju P, Ghassemieh B, Nichols M, Kim R, Jerome K, Nalla A, Greninger, et al. Covid-19 in Critically Ill Patients in the Seattle Region – Case Series. N Engl J Med. 2020 Mar 30;NEJMoa2004500. doi: 10.1056/NEJMoa2004500. Online ahead of print.
  5. Kass D, Duggal P, Cingolani O. La obesidad podría hacer la infección por COVID-19 más grave en adultos jóvenes. thelancet.com Published online April 30, 2020 https://doi.org/10.1016/S0140-6736(20)31024-2
  6. Stefan, N., Birkenfeld, A.L., Schulze, M.B. et al.Obesity and impaired metabolic health in patients with COVID-19. Nat Rev Endocrinol (2020).  https://doi.org/10.1038/s41574-020-0364-6.
  7. Zheng K, Gao F, Wang X, Sun Q, Pan K, Wang T, Ma H, et al. Obesity as a Risk Factor for Greater Severity of COVID-19 in Patients With Metabolic Associated Fatty Liver Disease. Metabolism. 2020 Apr 19;108:154244. doi: 10.1016/j.metabol.2020.154244.Online ahead of print.

 

 

 

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

En IIDENUT rechazamos rotundamente aquellas prácticas asociadas con el uso inapropiado de la información con fines comerciales. Nuestros estándares éticos nos impiden aceptar, difundir o parcializarnos subjetivamente con producto o práctica alguna que vaya en contra o distorsione la labor científica del nutricionista.

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